El Perú atraviesa una transición demográfica acelerada que transformará las demandas del sistema de salud en las próximas décadas.
El envejecimiento de la población peruana ya no es una proyección lejana, sino una realidad en curso. Actualmente, más de 4 millones 140 mil personas tienen 60 años o más, lo que equivale al 12.7% de la población nacional. Sin embargo, las estimaciones indican que esta cifra se duplicará en los próximos 25 años y que, para el 2050, uno de cada cuatro peruanos será adulto mayor.
Este cambio responde a la transición demográfica que vive el país, caracterizada por una menor tasa de natalidad y una mayor esperanza de vida. Las implicancias no son solo estadísticas: el envejecimiento poblacional tendrá un impacto profundo en la organización del sistema de salud, el gasto público y las dinámicas familiares.
Un perfil sanitario complejo
La salud del adulto mayor presenta múltiples desafíos. Casi cuatro de cada diez personas mayores viven con hipertensión arterial, cerca del 30% tiene limitaciones en la movilidad y más de una cuarta parte de quienes padecen diabetes tipo 2 no recibe tratamiento. Estas cifras reflejan una alta carga de enfermedades crónicas que requieren seguimiento permanente y atención continua.
A este escenario se suma una realidad social que agrava la vulnerabilidad: el 66.2% de los adultos mayores no cuenta con una pensión, lo que limita su capacidad para cubrir gastos médicos y medicamentos, y aumenta su dependencia económica del entorno familiar.
Escasez de especialistas y presión sobre el sistema
Uno de los principales desafíos para la salud pública es la falta de profesionales especializados. En el país solo se registran 426 geriatras acreditados, lo que implica que cada uno tendría que atender a más de 11 mil personas mayores. Esta desproporción hace inviable una atención personalizada y preventiva, especialmente en un grupo etario que suele presentar múltiples enfermedades de manera simultánea.
En ese contexto, el fortalecimiento del primer nivel de atención aparece como una prioridad. “No basta con que la población viva más años; necesitamos garantizar que esos años se vivan con salud, autonomía y calidad de vida. Para ello, se requiere fortalecer el primer nivel de atención y formar médicos capaces de acompañar y prevenir, así como evitar complicaciones avanzadas”, indicó el doctor Pedro Quispe, coordinador académico de la carrera de Medicina Humana de la Universidad de Ciencias y Humanidades (UCH) a diario Ojo.
Enfermedades crónicas y calidad de vida
Desde la práctica clínica, los especialistas coinciden en que las enfermedades más frecuentes en la vejez no suelen presentarse de forma aislada. Jorge Martínez, médico internista de la Clínica Internacional, señaló que la hipertensión, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, los accidentes cerebrovasculares, los trastornos osteoarticulares, las enfermedades oncológicas y las patologías neurodegenerativas como el Parkinson o el Alzheimer suelen coexistir, junto con problemas de salud mental como la depresión.
“Cuando (estas enfermedades) no están bien controladas, afecta la movilidad, la independencia, el estado de ánimo y aumentan el riesgo de caídas, hospitalizaciones y dependencia funcional”, advirtió el especialista.
A su vez, desde el enfoque cardiovascular, el médico Elezar Bravo, cardiólogo de la Clínica Internacional, recordó que la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que más del 75% de las muertes por enfermedades cardiovasculares ocurre en personas mayores de 60 años. La hipertensión arterial es la condición más frecuente en este grupo, muchas veces silenciosa, y constituye el principal factor de riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia cardíaca.
Prevención, educación y autocuidado
Frente a este panorama, la prevención se convierte en una herramienta clave para un envejecimiento saludable. El control adecuado de la presión arterial, la glucosa, el colesterol y el peso puede modificar de manera significativa la evolución de la salud en la vejez. La educación en salud, además, permite que las personas mayores comprendan su enfermedad, identifiquen señales de alerta y participen activamente en su tratamiento.
Asimismo, el autocuidado, adaptado a las capacidades de cada persona, es fundamental para preservar la autonomía y la calidad de vida, siempre acompañado del apoyo familiar y comunitario.
Un enfoque integral y humano
Garantizar una atención digna para los adultos mayores exige una mirada integral que abarque tanto la salud física como la mental. El control de enfermedades metabólicas y oncológicas debe ir de la mano con el abordaje de la ansiedad y la depresión, así como con el acceso a terapias de rehabilitación.
Asimismo, en el hogar, las recomendaciones básicas de los especialistas se centran en una alimentación saludable, hidratación adecuada, la práctica regular de ejercicio para reducir el riesgo de sarcopenia y la realización de controles médicos anuales, incluso en ausencia de enfermedades diagnosticadas.
Fortalecer la atención primaria, implementar programas de seguimiento y promover el acompañamiento familiar sin sobreprotección son pasos indispensables. Envejecer es una etapa que demanda más cuidado, respeto y un enfoque médico integral y humano, capaz de responder a uno de los mayores desafíos sanitarios que enfrentará el Perú en las próximas décadas.











